¿Las películas de Studio Ghibli son anime?
La respuesta
Sí, sin discusión. Anime es la animación hecha en Japón, y estas películas se hacen en Tokio, en japonés y con animadores japoneses. La duda solo aparece fuera de Japón, donde mucha gente usa la palabra para nombrar un estilo de dibujo en lugar de un origen. La única excepción discutible del catálogo es La tortuga roja.
En japonés, anime es la abreviatura de animēshon, que a su vez es el préstamo del inglés animation. En Japón se llama anime a Toy Story, a los Looney Tunes y a un anuncio animado de detergente. Fuera de Japón la palabra se estrechó y pasó a significar «animación japonesa». Con cualquiera de las dos definiciones, Ghibli entra.
Por qué tanta gente cree que no lo es
Porque en Occidente «anime» dejó de describir un origen y pasó a describir un aspecto: ojos enormes, líneas de velocidad, uniformes escolares, un tipo concreto de humor. Ghibli no se parece a eso. Sus personajes tienen rasgos sobrios, los fondos son pinturas, y hay planos en los que no ocurre nada durante diez segundos porque el estudio quiere que no ocurra nada.
Pero el estilo no es un criterio. Takahata cambia de dibujo en cada película: Mis vecinos los Yamada parece una tira de periódico y El cuento de la princesa Kaguya parece un pincel encima del papel. Las dos son anime exactamente igual que Dragon Ball.
El envoltorio con el que llegaron aquí
En 1996 Tokuma Shoten firmó con Disney la distribución internacional del catálogo, y eso decidió cómo se presentaron estas películas en Europa y en América. No llegaron por el circuito del manga y las convenciones, sino con sello de gran estudio y luego con premios de festival: Oso de Oro en Berlín en 2002 y Óscar en 2003 para Chihiro. Un espectador español que entrase en el cine en 2003 no creía estar viendo anime; creía estar viendo una película japonesa premiada en Berlín. Las dos cosas eran ciertas.
El estudio tampoco ha ayudado
Miyazaki lleva décadas incómodo con la etiqueta. Habla de sus trabajos como películas y ha criticado en público la industria del anime: los plazos imposibles, el hábito de dibujar a partir de otros dibujos en vez de a partir de la observación, la endogamia de quien solo consume lo mismo que hace. Takahata iba por ahí también: para Recuerdos del ayer eligió a la cantante Miki Imai precisamente porque quería una interpretación que no sonara «de anime».
Eso es una posición sobre una industria, no una clasificación. Rechazar la etiqueta no saca a nadie de la categoría, y en las publicaciones recientes del propio estudio la palabra aparece sin problema.
La excepción de verdad
La tortuga roja (2016) es el único caso en que la pregunta tiene sentido. La dirigió el neerlandés Michaël Dudok de Wit, se produjo con compañías francesas y belgas, se animó en Europa y su estilo gráfico viene de la escuela franco-belga. Ghibli coproduce y Takahata figura como productor artístico, pero llamarla anime es forzar la definición. Es una película europea con socio japonés.
Earwig y la bruja, en cambio, despista por otro motivo: está hecha íntegramente en 3D por ordenador y no se parece a nada del catálogo. La técnica no cambia el origen, y es anime igual que las demás.
Para qué sirve saberlo
Para encontrarlas, sobre todo. Las plataformas las clasifican como anime, y quien evita esa etiqueta se pierde también a Satoshi Kon, a Mamoru Hosoda o a Your Name. Y para dejar de decir la frase de «esto no parece anime», que en realidad quiere decir «esto no se parece a las tres series que he visto».
Cuatro cosas que no deciden si algo es anime
El estilo de dibujo
Dentro de Ghibli hay cuatro o cinco estilos distintos, y fuera del estudio hay muchos más. Nadie ha logrado nunca definir el anime por su aspecto.
El público
Hay anime para preescolares, anime para adolescentes y anime para adultos. La tumba de las luciérnagas y Ponyo están en la misma casilla administrativa.
La técnica
Dibujo tradicional, digital o 3D. Earwig y la bruja es 3D y sigue siendo anime; La tortuga roja es dibujo y no lo es.
El idioma en que la veas
Verla doblada al castellano no la convierte en otra cosa, igual que ver Casablanca doblada no la hace española.



