¿Cuál es la película más triste de Studio Ghibli?
La respuesta
La tumba de las luciérnagas (1988), y no hay mucho debate. Dos hermanos mueren de hambre en el Japón de 1945 y la película lo anuncia en su primera frase, así que no hay sorpresa ni consuelo posible. Si buscas tristeza y no devastación, las siguientes son El cuento de la princesa Kaguya y El recuerdo de Marnie.
La película de Takahata empieza con Seita muerto en una estación y se cuenta entera desde ahí, hacia atrás. Dura 89 minutos y no tiene ni un momento de alivio falso. Roger Ebert la incluyó en su lista de grandes películas y la describió como una de las obras bélicas más potentes jamás filmadas, en cualquier formato.
El material de origen ya venía cargado: el relato de Akiyuki Nosaka (1967) es semiautobiográfico. Nosaka perdió a su hermana pequeña por desnutrición en 1945 y dijo que escribió el texto como una disculpa dirigida a ella. Había rechazado durante años las propuestas de adaptación en imagen real; aceptó cuando le ofrecieron animación.
Por qué funciona como funciona
No hay villano. No aparece un solo soldado enemigo con rostro. La partitura de Michio Mamiya esquiva el sentimentalismo y en los créditos suena «Home Sweet Home» en una grabación de 1930. Para dibujar a Setsuko, Takahata pidió al equipo que observara a niñas de cuatro años de verdad —cómo se caen, cómo se sientan, cómo se llevan la mano a la boca— para evitar el gesto de dibujo animado. El resultado es que no puedes tratarla como un personaje.
Se estrenó en sesión doble con Mi vecino Totoro, en 1988. Los niños japoneses de aquel año vieron las dos seguidas. En Japón se emite tradicionalmente en agosto, coincidiendo con el aniversario de los bombardeos y con el Obon.
Es habitual oír que es «la película que solo se puede ver una vez». Takahata lo lamentaba: quería que se revisara, precisamente para ver lo que la primera vez tapa el llanto.
Las que vienen detrás
El cuento de la princesa Kaguya (2013) es tristeza de otro tipo: una vida que no se llega a vivir. Fue la última película de Takahata, le costó ocho años y fue un fracaso comercial en Japón. La secuencia final va acompañada de música alegre, que es la decisión más cruel del catálogo.
El recuerdo de Marnie (2014) es melancolía pura, y encima quedó como la última película del Ghibli clásico: después el estudio detuvo la producción y disolvió su plantilla de animación. Su tema final, «Fine on the Outside», lo había escrito Priscilla Ahn años antes sobre su propia infancia solitaria.
Recuerdos del ayer (1991) no hace llorar de golpe, hace llorar tres días después. La escena de la obra escolar —a Taeko le ofrecen entrar en una compañía de teatro y su padre lo prohíbe sin discusión— es el momento en que una niña aprende a no pedir nada.
Y luego está Pompoko (1994), que va disfrazada de comedia sobre tanuki con testículos gigantes y termina con un colectivo entero perdiendo su tierra y fingiendo ser humano para sobrevivir.
Triste no es lo mismo que duro
La princesa Mononoke tiene decapitaciones y brazos arrancados, y no es triste: es áspera. El viento se levanta es una elegía, pero está contada con demasiada admiración por los aviones como para hundir a nadie. El viaje de Chihiro asusta y no entristece. Si lo que buscas es llorar, esas tres no son.
Dos avisos
La tumba de las luciérnagas no es para niños, por mucho que la protagonicen dos. Y no la pongas un martes cualquiera: deja el día siguiente libre.
Cinco maneras distintas de pasarlo mal
Devastación
La tumba de las luciérnagas. Una vez, y con avisos.
Duelo
El cuento de la princesa Kaguya. La despedida más larga del catálogo.
Melancolía
El recuerdo de Marnie. Tristeza de niebla, sin muertos a la vista.
Nostalgia
Recuerdos del ayer. Duele por acumulación, no por escenas.
Derrota colectiva
Pompoko. Se ríe durante dos horas y te deja igual.



