¿Cuánto se tarda en hacer una película de Studio Ghibli?
La respuesta
En la época buena del estudio, entre dos y tres años; una película cada año o cada dos. En las últimas dos décadas, mucho más: El chico y la garza llevó unos siete años y El cuento de la princesa Kaguya, ocho. No hay plazo estándar porque no hay guion cerrado del que partir.
La pregunta suele venir de la comparación con Pixar o con DreamWorks, donde los calendarios son públicos y bastante regulares. En Ghibli no funciona así, y el motivo no es artesanía romántica: es que la película se escribe mientras se dibuja.
Los números que se conocen
El chico y la garza (2023) tardó unos siete años. Miyazaki trabajaba a un ritmo aproximado de un minuto de película al mes, con un equipo de animación de unas sesenta personas, que es poco para el tamaño del proyecto. Él lo quería así para poder mirar cada plano.
El cuento de la princesa Kaguya (2013) le llevó ocho años a Takahata y costó alrededor de 5.000 millones de yenes, una de las cifras más altas de la historia de la animación japonesa. Recaudó bastante menos de lo que costó.
Ponyo en el acantilado (2008) se animó entera a mano: unos 170.000 dibujos, la cifra más alta del estudio. Miyazaki cerró el departamento de gráficos por ordenador durante el proceso de animación.
Y hay un caso que sirve de vara de medir. La tortuga roja (2016), coproducción europea, tardó cerca de dos años en animarse cuando un largometraje europeo normal se anima en unos diez meses. Esa proporción —el doble o el triple de lo habitual— es más o menos el estándar de la casa.
Por qué tarda tanto: no hay guion
Miyazaki no escribe un guion completo antes de empezar. Trabaja con storyboard, dibujando la película a medida que la piensa, y arranca la producción sin saber cómo va a terminar. Eso significa que el equipo anima secuencias cuyo desenlace todavía no existe, y que un cambio de idea a mitad de camino tira meses de trabajo.
A eso se le suma que corrige personalmente miles de fotogramas ajenos. En un estudio donde el director redibuja el trabajo de sus animadores, el cuello de botella tiene nombre y apellidos.
La época en que sí iban rápido
Conviene decirlo porque contradice la leyenda: entre 1988 y 2004 Ghibli estrenó una película casi cada año. Totoro y La tumba de las luciérnagas en 1988, Nicky en 1989, Recuerdos del ayer en 1991, Porco Rosso en 1992, Puedo escuchar el mar en 1993, Pompoko en 1994, Susurros del corazón en 1995. Con presupuestos ajustados y con dos directores que se turnaban.
El precio de ese ritmo está documentado. El lema interno de Puedo escuchar el mar era «rápido, barato y de calidad»; salió por encima del presupuesto y del calendario, y su director, Tomomi Mochizuki, terminó con un cuadro de estrés que le apartó del proyecto. Yoshifumi Kondō, la mejor mano del estudio y su heredero designado, murió en 1998 a los 47 años, y dentro y fuera de la casa se atribuyó su muerte al agotamiento.
Y por qué ahora tarda todavía más
En 2014, tras El recuerdo de Marnie, el estudio suspendió la producción de largometrajes y disolvió su departamento de animación. Eso obliga a rehacer el equipo cada vez que se pone algo en marcha, y no es un trámite: hacen falta animadores formados en una manera concreta de dibujar que casi nadie más practica.
En agosto de 2026 no hay ninguna película en producción. Han pasado más de dos años y medio desde El chico y la garza y el estudio no ha anunciado título, fecha ni equipo. Con los plazos de la casa, aunque empezaran mañana, la siguiente no llegaría antes de la década de 2030.
Cuatro razones por las que una película de Ghibli tarda años
Se escribe dibujando
Sin guion cerrado. La producción empieza sin final, y cualquier cambio de rumbo se paga en meses.
El director repasa a mano el trabajo ajeno
Miyazaki corrige personalmente fotogramas de sus animadores. Es la parte que no se puede paralelizar.
Se dibuja casi todo a mano
170.000 dibujos en Ponyo. El color y la composición finales sí son digitales desde 1999.
No hay plantilla fija de animación
Se disolvió en 2014. Cada proyecto obliga a reunir de nuevo a gente formada en un oficio que casi nadie enseña ya.



